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Requiem por los buenos dependientes de las librerías

Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho (mucho) tiempo existía una especie erudita que como habréis podido adivinar, hoy en día está casi extinta. Lo primero que debéis saber es que esta especie deambulaba por librerías, y era su hábitat natural.

Ilustración de Srta. Rous

En la época dorada, se les consideraban semi-dioses. En su interior albergaban todo tipo de conocimientos que los mortales querían poseer, y por ello eran preguntados continuamente. Se les abordaba detrás del mostrador, al salir del almacén e incluso entre estanterías.  

Sin embargo, lo que hacía realmente especiales a estos seres no es que albergaran todo ese conocimiento. Era que la totalidad del conocimiento, lo adquirían a través de los libros. Podían pasarse horas y horas hablando sobre ejemplares, ya fuesen novedades literarias o grandes clásicos. Se sabían al dedillo los argumentos e incluso podían recomendarte libros con tan sólo ver hacia qué estante te dirigías. Sabían empatizar contigo y conectar su alma lectora con la tuya y hacerte comprar casi cualquier cosa que ellos te recomendaran… 
Pero siglos después, estos seres se fueron extinguiendo. Poco a poco fueron desapareciendo, apagándose y neutralizándose. Terminaron por convertirse en meros transmisores de las «tendencias» y de lo que otros decían sobre lo que leían; llegó hasta tal punto que contestaban con monosílabos a las réplicas suplicantes de los consumidores o decían cosas como «ese libro tiene un título muy conocido, si llévate ése mejor». 

Menos mal que siempre existirán los blogs literarios para ocupar ese vacío que nos dejó la extinción de los buenos dependientes de las librerías.

Lejos de querer ofender a ningún librero o dependiente, he de añadir que este texto lo redacté tras tener una experiencia regular en una tienda que me gusta mucho.

Fui a comprar un libro a la Fnac Alicante y le pregunté a un dependiente sobre qué libro me recomendaba llevarme entre todos los que tenía en la mano (de Jack Kerouac, William Burroughs y Charles Bukowski). No sólo no me ayudó si no que tampoco tenía idea de los libros sobre los que le preguntaba (algunos de la generación Beat, algo bastante conocido para casi cualquier lector, y más si te dedicas a vender libros). Me despachó rápidamente diciéndome que bueno, que comprara el título más conocido de los que tuviera en la mano. Este fue un caso aislado que ha provocado un texto exagerado, pero me hizo darme cuenta que hacía tiempo que ningún empleado conseguía ayudarme y venderme directamente un libro; y por ello quise hacer esta pequeña crítica.

Obviamente no creo que deban leer todos y cada uno de los libros que hay en los establecimientos, pero a veces se echa en falta amabilidad y atención. No cuesta nada echar un vistazo en Google y revisar la puntuación que tiene el libro o comentarios al respecto, o tomarse la molestia de preguntar a algún otro compañero. En especial cuando estás dispuesto a comprar en su sección. Aún así, estoy segura de que hay muchos empleados que si son profesionales y que tienen devoción por la literatura.

Nos leemos,

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