Pasión por la literatura

Siempre me han fascinado las personas que esconden las portadas de los libros

photo1669280490

<< Guía de lectura del artículo

Da igual si es tu mejor amiga, un familiar o un completo desconocido. Creo que, por mucho que intuyas que conoces a una persona, no consigues hacerlo al 100% hasta que accedes a la estantería de su casa y recorres los diferentes títulos que adornar los lomos.

Y, si vamos un poco más allá, incluso mirar cuál de ellos está manoseado, con etiquetas y marcapáginas a medias. O quizá cuál fue su última adquisición. ¿Qué libros dejó a medias? ¿Cuál compró por impulso? ¿Cuál le fascinó pero le avergüenza contarlo? ¿Cuál compró porque «hay que tenerlo» o «hay que leerlo» pero realmente no le llama cuando busca nueva lectura?

A través de los libros podemos aprender mucho sobre las personas. Sobre sus momentos más felices, sobre aquellos en los que se han sentido perdidos, cuando han necesitado que les sacasen una carcajada o simplemente cuando querían soñar con una realidad diferente a la suya.

Sobre la señora que leía en el metro

El otro día yendo en el metro, mientras se me caía la mochila, me apartaba el pelo de la cara, cogía el abrigo con una mano, el Kindle y la bolsa de la comida con la otra, reparé en ella.

Iba totalmente ensimismada en su lectura. Hicimos juntas unas ¿diez paradas de metro? Y en todas y cada una de las estaciones, no hubo nada que la distrajera del libro. N-A-D-A. Ni la música, ni la gente que entró en tropel corriendo a coger sitio. Ni el niño que lloraba. Ni tampoco la chica que iba hablando con el móvil con una compañera del trabajo. Ni el hombre que preparaba una presentación con el portátil.

Como una auténtica profesional, cuando llegó su parada se levantó, cerró su ejemplar forrado con papel rosa, lo guardó en el bolso y abandonó el vagón. Sin miradas nerviosas previas a las anteriores paradas ni vistazos fugaces al móvil. ¿Qué iba leyendo para conseguir tal capacidad de concentración?

Esta pregunta me rondó varios minutos por la cabeza. Qué le vamos a hacer, una que es lectora y le gusta imaginar. Pero, ¿qué iba leyendo? Intenté en varias ocasiones leer alguna frase o adivinar lo que había al final del libro «ahora también…» se entre leía… Pero nada. ¿Eso era una dedicatoria escrita a mano? Parecía un libro de segunda mano o quizá era uno de esos ejemplares que tienes por casa hace años y que tienes olvidados. Honestamente, sabía que no lo adivinaría pero empecé a lanzar hipótesis.

«Seguro que es un libro de romántica con una portada clásica que le da vergüenza«, fue lo primero que pensé. Y me sorprendió mi propio prejuicio. ¿Por qué era lo primero que me había venido a la cabeza? Quizá era un ejemplar al cual tenía mucho cariño y que no quería que se le estropeara al guardarlo en el bolso. «Quizá son las memorias de un personaje famoso de la televisión que no quiere que la gente sepa que está leyendo«. ¡Eh! ¿Otra vez pensando en lecturas que avergüenzan a la persona que las lee?

Lecturas que avergüenzan

No podía evitar acudir a ese imaginario de la vergüenza. Y empecé a pensar en lo habituados que estábamos a ver a gente leyendo libros de Elísabet Benavent o E. L. James. Pero cuánto avergonzaban las portadas clásicas de Danielle Steel. ¿Existe un «clasismo» dentro de la romántica? Porque recuerdo que cuando explotó el boom de 50 Sombras de Grey era muy común ver a legiones de lectoras (si, en femenino) en el metro con sendos tochos orgullosas. Incluso tanto como con el Juan Gómez Jurado de turno. Pero… ¿qué pasa con Megan Maxwell? y ¿Nora Roberts? ¿Están «mejor vistos» las autoras más jóvenes porque tienen un diseño más cuidado y aséptico frente a las portadas noventeras de Steel?



Después pensé en el anonimato que ofrece el Kindle frente a los libros. ¿Qué tipos de libros suelen leer la mayoría de las personas que van en metro y tienen un libro electrónico? ¿Es real esa «vergüenza literaria» que había impregnado mi imaginación o era todo inventado?

En fin, nunca sabremos qué iba leyendo la señora del libro rosa. Pero, gracias a ella, viví una historia en mi cabeza que me acompañó durante un buen rato y que me entretuvo casi tanto como el libro que llevaba a medias. Y espero que también te acompañe a ti o, por lo menos, que te haya hecho pensar.

Compártelo
¡Yipa! Ya sabes, el típico banner obligatorio de Cookies. Si aceptas podré saber cuántas visitas reciben mis artículos.    A ver, cuéntame de qué va esto.
Privacidad